Robin

Esta es la historia de Robin, mi preciosa y amada Boyero de Berna.
 

          Robin tenía 3 años cuando le pusimos la vacuna de la rabia unida a la vacuna polivalente. Por aquel entonces, tenía información básica de la nocividad de las vacunas hasta que pude comprobar en experiencia propia, como podían ser de dañinas y en algún caso letales.
 

          El 24 de Marzo de 2018, exactamente 4 días después de la doble vacuna empezaron los ataques de epilepsia.
 

         Tuvo el primero a la 1:00 a.m. del sábado, la imagen fue verdaderamente terrible. Toda encharcada en sus propias babas y su propio pis, dando cabezazos contra el suelo.
 

         Cuando conseguimos “reanimarla” nos miraba como completos desconocidos. Estaba totalmente ida y aturdida, no daba pie a levantarse. Llamamos a varios veterinarios de urgencia y nos dijeron que esperáramos unas horas, a ver si le volvía a repetir.
 

         Y si, efectivamente, a las 8:00 a.m. segundo ataque convulsivo. La llevamos de urgencia y toda la exploración y reconocimiento eran aparentemente normales. Nos mandaron a casa, diciendo que podía ser simplemente algo que le hubiera sentado mal del campo, algo venenoso… A las 16:00 de la tarde, tercer ataque epiléptico. Vuelta al hospital, donde finalmente se quedó ingresada. Empezó un sin fin de pastillas para controlar los ataques.
 

         Paso allí la noche y nos informaron a la mañana siguiente, que había tenido dos ataques más. Nos dijeron que las analíticas estaban bien, pero que dada la frecuencia de los ataques tendríamos que hacerle la prueba de la extracción del líquido cefalorraquídeo. Una prueba que entrañaba sus riesgos, y bastante agresiva para cualquier animal, pero visto que no encontraban nada físico, sospechaban de inflamación en el cerebro o que el origen de la epilepsia fuera neuronal e incluso genética.
 

         Nada de esto, pues todos los resultados de esta prueba salieron todos correctos. No había alteración ni neuronal ni en su líquido cefalorraquídeo. Buenas noticias o eso parecía hasta que me dicen, que, aunque la prueba se ha hecho correctamente, la perra no se levanta. Que no puede andar y que por lo tanto tampoco orina la anestesia y que la tienen que sondar.
 

         La angustia y la desesperación crecían por momentos. Fuimos a verla y no nos reconocía, no sabia quienes eramos. Paso un par de dias así, hasta que “milagrosamente” consiguen levantarla. Yo, decido que quiero llevármela ya a casa pues me parece que ya ha habido bastante y así es como empieza mi búsqueda de su sanación con terapias naturales y encontré a Rocío.
 

         Robin tomaba unas 9 pastillas al día, que la hacían dormir muy profundamente muchas horas. Tan profunda dormía, que los parpados de los ojos se le caían, su cuerpo estaba altamente drogado.

Empezó a engordar una barbaridad a causa de los fármacos, pues ni mucho menos comía más comida.

Muy al contrario, había leído que el gluten no venía bien a los perros epilépticos y hasta el pan que comía de premio o cualquier cosa que llevara gluten, desapareció.
 

         Pasamos así también a cocinarle la comida cada día. Dieta natural de carne picada, ternera-cerdo, pollo, pescado más verduras.
 

         Visitamos a un veterinario homeopático que nos dio homeopatía para limpiar los metales pesados del cuerpo (de las vacunas) y después fuimos a ver a Rocío con quién empezamos un largo y feliz andar hacia la cura de mi perra.
 

         Gracias a las sesiones de Terapia Craneosacral , más el aceite de cannabis medicinal, conseguimos en 3 meses quitarle toda la medicación que la estaba matando. Mientras que el veterinario convencional, cuando yo le hacía la pregunta de “Cuando podremos bajarle la medicación?” su respuesta era que debía pasar un año sin ataques para bajarla, pero que la tomaría de por vida. Sé que esa medicación hubiera terminado por desgastar a Robin lentamente (pues su hígado y riñones ya daban síntomas) y quién sabe si no la hubiera llevado a una muerte prematura.
 

         Al principio hacíamos sesiones cada 3 semanas y después las espaciamos un poquito más en el tiempo a cada mes y medio.
 

         Estoy eternamente agradecida a Rocío, por su valentía a la hora de bajar la medicación que no necesitaba a Robin y hacerla restaurar de nuevo su salud y equilibrio después de que una vacuna casi me la mata.
 

         Robin sólo necesitaba mi toma de consciencia, desintoxicar el mercurio de su cuerpo y unas manos sanadoras capaces de ver al animal en todo su ser, que le devolvieran la salud y esas fueron las de Rocio.